Marianne.

Me enamoré de ella, lo reconozco, no debí hacerlo, pero no lo lamento. Fue de la manera en que suele ser casi siempre. Comenzó con un intercambio de sonrisas, de esas que te hacen sentir bobo, de esas que te ganan y se salen de tu alma por tu rostro sin que puedas evitarlo.

Recuerdo que fue un domingo, era el amanecer, el sol apenas y se asomaba por la lejanía de las montañas, la neblina era densa y fría. Realmente era un paisaje hermoso, digno de adornar cualquier postal. Ella salió a correr, como de costumbre, yo regresaba de caminar toda la noche, lo hacía para despejar mi mente de la abrumadora vida. Andar en la oscuridad, rodeado de árboles y apunto de congelarme me recordaba lo que era estar vivo, pero no lograban hacerme sentir la vida correr por mis venas, eso solo lo logró Marianne.

Cuando nos encontramos frente a frente, ¡Ahí! ahí vino la sonrisa que desencadenó todo. Nos enamoramos perdidamente, no en ese momento, sino con el tiempo, entre más la conocía más tenía motivos para enamorarme. Su forma aguerrida de ser, era una mujer sensual y decidida. Era capaz de mantener la calma en las situaciones más difíciles. Se calzaba los tacones y balanceaba sus caderas de forma asesina, me derrotaba con la mirada y me utilizaba para satisfacer sus favores, desde tareas inútiles hasta deseos carnales, de esos que todos soñamos pero pocos se atreven a cumplir.

Ella fue clara desde el comienzo, no quería enamorarse, << Sólo es un juego y nada más, disfrútalo antes de que termine y no hagas preguntas. No lo arruines. >> Me decía cada vez que recorría su piel con mis labios. Cómo era de esperarse, lo arruiné y ella lo arruinó. Entre más complicado se tornaba la situación más nos queríamos, nos alejábamos, tomábamos caminos separados, pero al final, ahí estaba de nuevo, bajo sus sábanas, tocando su piel, bebiendo su humedad, recorriendo su cuerpo, soñando envuelto en sus brazos. Ella intentaba volverlo un encuentro sexual, degradar lo que sentíamos a un deseo, yo no, no podía, me dejaba sumergir en su cuerpo y me permitía ahogarme en su océano de sensualidad, si con sus palabras no me amaba, con su cuerpo lo hacía. Si debía morir bajo su piel, estaba dispuesto a hacerlo.

Alguna vez intenté llevarle flores, rosas, tulipanes, margaritas y en una ocasión, un girasol. En cuanto los vio los recibí en la cara como bofetada, << ¡Esto no es amor, es deseo, entiéndelo o sufrirás de desamor!. >> Me gritó enfadada. Sonrió y entró a su casa.

Aprendí mi lección, no he vuelto a llevarle rosas, únicamente nos desvestimos con la sensualidad de los amantes, tan lento y apasionado, tan dulce y salado. Nos envolvemos entre brazos y nos mojamos con los labios, mordisqueo su piel y se desliza por la mía. Tira de mi cabello y sube a mi cuerpo, acaricio sus pechos y levanto mis caderas para llegar hasta su centro. Gime con pasión y delicadeza, lo hace al ritmo del vals del amor. Terminamos juntos como lo hacen los enamorados, nos abrazamos cada noche y cada mañana. Y por sobre todo, fingimos que no nos amamos con pasión, con locura y con verdad.

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