PERFECTA.

La primera vez que la vi fue… en un café. Sí, fue en un café. Cada mañana iba por uno, un americano, para según yo, poder despertar. Ella los preparaba, siempre se ponía detrás de la barra y con una sonrisa enorme me preparaba el café, y no solo a mí, a todos los demás clientes también. Ella trabajaba ahí desde hacía unos cuantos meses y recuerdo muy bien lo que sentí al verla.

Como era de costumbre, antes de ir a mi aburrido trabajo, hacía una parada rápida en la cafetería artesanal de la calle contigua a mi oficina. Nunca me importó quien me diera mi bebida, siempre me sabía igual, a pesar de que escuchaba que algunas personas pedían que ciertos empleados se los prepararan, pues se habían apegado al sazón particular de cada uno. Para mí todo el café era negro y amargo, la “mano santa” era un capricho nada más de aquellas personas que se creían especiales y por lo tanto “merecían” trato especial. Tontos faltos de atención y sólo eso.

Pero llegó el día en que me tragué mis palabras. Recuerdo esa mañana, el frío congelaba incluso con todos los abrigos que usaba, que eran tan gruesos que me movía con la gracia de un robot. Entré tiritando de frío pero feliz, ya que siempre he amado este clima, me parece pacífico y romántico, aunque lo romántico estaba tan alejado de mí, como la lluvia del desierto. Como de costumbre, me acerqué a la barra y pedí mi café; << Lo mismo de siempre, “caliente como el infierno, amargo como la soledad y grande como el abismo”. >> No levanté la mirada, ¿Y para qué hacerlo? No había nada que me importara del otro lado, o esa pensaba, hasta que escuché una vocecilla tierna como la flor y dulce como la miel.

<< Olvido decir “Azucarado como un beso.” >> Dijo mientras sonreía, claramente se mofaba de mi particular forma de pedir café. Sin embargo, debo aclarar que en ese momento no lo entendí, me quedé tan mudo que casi desaparece el propósito de mi lengua. Sus ojos me hipnotizaron, sus labios húmedos me embrujaron y su sonrisa terminó de poseerme, dejándome entonces, desprotegido y con el alma desnuda.

Después de tartamudear un rato, ella se apartó, pues la linea detrás de mí se impacientaba. Me sentí el hombre más estúpido sobre la faz de la tierra. En mí mente repasaba una y otra vez lo que había sucedido, trataba de hallar en qué me equivoqué, que maldito error me hizo cometer tan terrible acto de vergüenza. Imperdonable.

Entre más me enojaba, más se me escapaba una sonrisa. La que ella me provocaba. Jamás creí en el amor a primera vista, pero si existiera, creo que era algo como eso. Bien, lo reconozco, eso fue; amor a primera vista.

Luego de meses de seguir yendo por mi café, que por cierto, ahora exigía que ella lo preparara, y no por su “mano santa” sino por su bella sonrisa. Intenté pedirle una cita, pero cada vez que mi cerebro escribía el guión perfecto, la estúpida de mi lengua se rehusaba a hacer su parte, y no salía, se negaba a emitir sonido alguno. Qué vergüenza. En cada intento de conquista, cavaba más mi propia tumba. Hasta que un día, ella se apiadó de mí, y antes de qué comenzará a tartamudear, como era de costumbre, ella con su enorme sonrisa dijo << acepto >>.

Salimos durante un tiempo, hasta que un día, llegó ese momento. Haríamos el amor por primera vez.

Afuera llovía y no pudimos salir, así que optamos por quedarnos en casa, no habíamos planeado quedarnos. Todo fue inesperado, que así es como es mejor.

La radio y un poco de música nos dio un ambiente romántico, a eso se le sumó la llama de la chimenea que encendía en el fondo. Ella se acercó con delicadeza y tiento, sus labios rosaban los míos, mis manos se deslizaban por su piel. La luz del fuego nos daba el tono perfecto para vagar por nuestros cuerpos.

Sus labios eran carnosos y se humedecían en cada beso, su piel era delicada y sus caderas amplias. Unos pechos ni grandes ni pequeños danzaban al viento, y sus piernas torneadas por bailar rodeaban mi cuello. Sobre su rodilla una cicatriz causa de un infancia feliz, era adorada por mi lengua que le figuraba el contorno. Un par de lunares le adornaban el cuello, y pecas en las mejillas. Su cabello era largo y negro, sus ojos cafés y llenos de misterio, en los glúteos unas cuantas estrías hacían presencia. Y en el alma la pureza de un ángel gobernaba. Nos envolvíamos en las sábanas para protegernos del mundo, viajábamos entre estrellas sin dejar la habitación, nos volvimos uno, sin dejar de ser dos. De sus ojos caían lágrimas que lavaban su espíritu, sus manos profesaban amor, y la inseguridad que sufre cualquiera casi le vence al final, << No soy hermosa >> me decía. Pero sí que lo era. << Mira mi piel, ¿Qué no ves que no es lisa como un pétalo? >> Me reclamaba al oído, << Un pétalo liso es bello, pero el solo no hace hermosa a la flor, su belleza se compone del perfume que desprende y de su color, y su deseo proviene de las espinas que le protegen, y del misterio de sus hojas marchitas. >> Le respondí, mientras besaba y acariciaba sus cicatrices y lunares. Me encanta su cuerpo y la piel que lo adorna, pero me enamoré de su presencia, de sus pensamientos y de su misterio. Era una mujer completa y PERFECTA.

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