Adiós.

Cuando él despertó estiró sus manos sobre la superficie de la cama, no encontró nada. La figura femenina que antes ocupaba ese lugar, ahora dejaba un vacío. Miró a todos lados, quizás ella se duchaba y por eso su ausencia en el lecho, o salió a tomar un café y disfrutar de la vista al balcón. Pero, la ducha no interrumpía el silencio con su imponente sonido de lluvia artificial. Y el aire no se perfumó con el aroma de un buen tostado. Nada parecía haber cambiado, y nada lo hizo. ¿Entonces a dónde se ha ido?

Buscando respuestas dirigía la mirada a todos los rincones, tal vez alguno de ellos guardaba un secreto o una pista de su destino.

Nadie sabía nada, ni el reloj en la pared, ni las flores sobre la chimenea, ni siquiera el libro sin terminar sobre el sofá. Casi a punto de rendirse se giró para levantarse, << Puede ser que haya salido a pasear. >> Pensó el hombre desnudo, soltando un suspiro de conformidad << Seguramente regresará, no hay de que preocuparse, nunca se irá. >> Repitió en su mente como si fuera verdad.

Antes de vestirse con la bata, notó que sobre la mesa de noche una nota le aguardaba. Era una carta, adornada con lágrimas y una huella de labios carmesí, como sello. Al abrirla, las palabras de un corazón lastimado rompían en llanto.

“Hace cinco años que estamos juntos. Vivimos sorprendentes aventuras, viajamos a los lugares más hermosos y extraños que pudieran existir, bailamos la mayoría de las noches, y despertamos cada mañana cansados y desnudos, pero listos para un viaje más. Me enamoré de forma tierna e inocente, como una niña que apenas descubre el amor, y al mismo tiempo existía la mujer que unía su cuerpo al tuyo, con el salvajismo de las fieras nocturnas. Con la urgencia de la sensualidad y con el hambre de la sexualidad.

Te enamoraste de mis pechos bailando libremente, y de la manera en que rozaban tu piel desnuda. Te enamoraste de mis labios, y de como recorrían tu espalda. También lo hiciste de mis manos suaves, y de la manera en que tocaban tu hombría. Adoraste mis caderas consumiendo las tuyas y alabaste mis piernas por encima de ti. Le rezabas a mi vientre como a figura de pared. Me hacías sentir deseada, y siempre envuelta en placer. Me convenciste que te enamoraste de todo y lo hiciste. Y es por eso que debo irme, por qué sí te enamoraste de todo, pero no de mí.

ADIÓS.”

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