Amor, miedo, fe y esperanza. (Parte 1)

Todo esta oscuro a mi alrededor, no puedo ver nada, tampoco hay sonido, ni siquiera del viento o de mis pasos sobre el piso. Sé que estoy caminando, puedo sentir mis pies moverse, uno delante del otro, y estiro mis manos para ver si toco algo frente a mí, pero no hay nada. El suelo es firme y liso, lo sé porque llevo los pies desnudos, y es raro, ya que no hay frío ni calor bajo mis plantas, es de una temperatura perfecta. Aunque eso es imposible, no existe la perfección, eso me hace pensar que esto es un sueño, sería la única manera.

-No estas durmiendo. Nadie sería capaz de soñar algo como esto.

-¿Quién dijo eso? ¿Quién eres? No puedo verle, ¡aléjese!

-No hay nada de que preocuparse, no vengo a hacerte daño, vengo a ayudarte.

-¿Ayudarme? ¿Qué clase de ayuda puede darme alguien que se oculta en la oscuridad?

-No me oculto, no tengo por qué hacerlo.

-¿Entonces, por qué no puedo verte? No es normal que haya un lugar sin una pizca de luz.

-¿Lugar?… Lugar que no puede verse… ¿Y si no es el lugar? ¿Qué si fueras tú la que no puede ver?

-Mis ojos están bien, mi vista es perfecta.

-Jamás hablé de tus ojos, yo mencioné que quizás tú no podías ver.

-No comprendo lo que dices, y si no me ayudarás es mejor que te vayas. Lo que menos necesito es a alguien que viene a “ayudar”. Ya he tenido suficiente “ayuda”.

-¿Por qué dices eso? ¿Aún te duele?

-¿De qué hablas? ¿Dolor? ¿Qué dolor?

-El que tienes en el pecho. Ese que no duele, que sólo es un hueco. Hablo de ese dolor.

-No tengo ningún dolor. Siempre he sido una chica sonriente. Incluso yo soy quien causa las alegrías de mi madre, a consecuencia de mis chistes.

-Vamos Clarissa, no mientas. El odio que llevas en tu pecho se puede ver por todo el universo.

-¡¿Quién eres?! ¡¿Por qué sabes mi nombre?! Tú… tú me raptaste, me tienes en un sótano oscuro, por eso no puedo ver. ¡Sí! Te descubrí. ¡Ahora, déjame salir!

-Yo no te rapté, tú has venido aquí, y fue por decisión propia. Nadie te trajo. Y sé tu nombre porque debo saber el nombre de todos los que vienen. Eso es parte de mí.

-Entonces estoy soñando, eso es todo, simple. Un sueño. Pronto despertaré.

-No estás dormida, solo muerta.

-¡¿Qué?! -Gritó Clarissa con el espíritu asustado.

-He dicho, que has muerto. Pero no te pongas triste, a diferencia de lo que se cree, la muerte no es el final, es una transición a nuevo plano, o al mismo, si es que deseas volver a intentar. Eso depende de ti.

-¿Y tú… eres la muerte?

-No, yo soy un ángel; el ángel del amor.

-Creo que llegas un poco tarde, ya sabes, para hacer que me enamore.

-Ese es cupido, y contrario a él, yo sí existo. Mis deberes no son enamorar a las personas, eso es parte del libre albedrío. Mi deber es preguntar si te enamoraste alguna vez.

-¿Si me enamoré alguna vez? Pues sí, creo que sí. De un hombre, era atractivo y tenía un buen empleo. No puedo recordar su nombre.

-No parece que lo amaras, ni su nombre tienes cerca de ti.

-Lo amaba, era perfecto y él me amaba. Viví en paz, me cuidaba y siempre me atendía bien.

-Él te amaba, tú no.

-¿Ahora sabes más que yo? ¿Entonces para que me preguntas? Sólo me retienes aquí, déjame ir.

-Puedes irte cuando gustes, ve a la salida, que la tienes de frente.

-No la veo, y si no la veo es porque no esta. Además no puedes dejarme que me vaya sin respuestas, ¿Acaso también tú lo harás? Lo hizo mi padre, no fui tan buena hija como para que se quedara, y lo hizo William también.

-Curioso que ese nombre sí lo recuerdes. Sin embargo, hay algo que dejas de lado. Tu padre, Albert, no te abandonó. Él murió, ¿Recuerdas? El auto en llamas por un choque, un camión los embistió de frente.

-Es verdad, desperté en una cama de hospital unos días después. Mientras estaba en coma, soñaba el mismo sueño cada vez; mi padre se sentaba a mi lado y me contaba historias. Después de eso, cada noche tenía la misma pesadilla; estaba rodeada en llamas y una sombra tiraba de mis manos y al final terminaba por arrastrarme.

-Ninguno de los dos fueron sueños irreales. Mientras estuviste en coma, tu espíritu y el de tu padre convivían en un mismo plano, él se pudo despedir de ti, y las pesadillas no fueron pesadillas, era el último recuerdo de tu padre, él te sacó de las llamas y por hacerlo sufrió de graves quemaduras, él dio su vida por la tuya, es por eso que cada noche iba a contarte historias, así tú no te culparías y el podría estar más tiempo a tu lado.

-¿Y para qué sirvió? Al final mi madre y yo estuvimos solas.

-Pudiste crecer y tu madre también, conociste parte del mundo, te enamoraste. Tu padre quería que vivieras y lo hiciste, por un tiempo. Él te amaba por encima de él mismo, lo demostró dándote su vida. Y hablando de amor, William tampoco te abandonó.

-¡Por supuesto que sí! Se fue y jamás volvió a buscarme. No le importé.

-Tú fuiste quien lo dejó. ¿Lo olvidas? << No tienes suficiente dinero para merecer mis besos >> Le dijiste para después cerrarle la puerta en la cara.

-Eso… eso no es verdad, y además el no luchó por mí. No regresó.

-Él te amaba, lo suficiente como para respetar tu voluntad. Al día siguiente que se fue comenzaste a salir con ese que te convenciste de amar, pero que no recuerdas su nombre. William lo supo y creyó que lo mejor para ti, era dejarte ir a donde querías estar.

-Él pudo quedarse, no lo hizo.

-Amar no es culpar, amar no es obligar a alguien a que haga lo que uno desea. Amar es aceptar que posiblemente alguien no quiera estar contigo y aun así le deseas lo mejor. Amar es arriesgar tu vida por tu hija, aunque sepas que no la volverás a ver nunca.

Clarissa ha recibido una dura lección, se ha dado cuenta que amar no es lo que ella pensaba, pero ¿Qué es entonces? y si ya ha muerto ¿Qué caso tiene descubrirlo ahora?

-Ellos me amaban entonces, ¿Cómo es posible? Al traerlos a mi memoria vienen acompañados de dolor, así es como los recuerdo, como las personas que más dolor me han causado.

-El dolor te lo has causado tú, por no comprender lo que es el amor, ellos te amaron y te amarán siempre, uno ha dado su vida por ti, el otro se ha alejado para que tuvieras la vida que deseabas. Hicieron lo que debían para que fueras feliz, nada más.

Los ojos de Clarissa, aunque imposibles de ver por la oscuridad que la rodeaba, lloraban lágrimas de arrepentimiento, no podía dejar de pensar como habría sido su vida, si las decisiones que tomó fueran diferentes, ¿Cuanto sufrimiento habría evitado, si hubiera entendido los sacrificios del amor?

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