Amor, miedo, fe y esperanza. (Parte 3)

La luz alrededor de Clarissa, ya le permitía ver a diez pasos frente a ella. A ella, no le importaba, por supuesto. Dejó de caminar y se derrumbó, cayó sobre sus rodillas, luego bajó un poco más, hasta quedar sentada y luego un poco más, hasta caer sobre su espalda mirando hacia arriba. No había nada que mirar, según las palabras de Clarissa, << Si no lo puedo ver, no está ahí. >> Como alguna vez señaló. ¿Arrogancia o ignorancia? ¿Cuál es la línea que las divide? Porque queda claro, que casi todo las une.

Unos pasos se escucharon, parecían de una persona grande y pesada. No sonaba como el golpeteo de un tacón, eran pies desnudos, pero firmes, se podía notar que no había indecisión en su andar.

-¿Quién eres?- Preguntó una llorosa Clarissa.

-Espero que un amiga. Pero esa no es mi decisión.

-¿Ah no? ¿No puedes elegir ser mi amiga? ¿Entonces que quieres? ¿Qué viniste a hacer?

-Yo puedo elegir ser honorable y digna de confianza, y eso es lo que he venido a hacer. Sin embargo, sólo tú puedes elegir si soy tu amiga.

-Pues no lo sé, parece que eres otro de esos ángeles que viene a decirme las cosas cuando ya es tarde. Quizás si me lo hubieran dicho antes seríamos amigos, ahora mismo me causan más dolor que alivio. Y eso me hace no querer tu amistad.

-Puedo entenderlo, aun así guardo la esperanza de que algún día lo seamos.

-¿Guardas la esperanza? ¿Eres el ángel de la esperanza? ¿En serio? ¡Maldición! Esta charla sí que será fastidiosa. -Refunfuñó Clarissa, pues para ella la esperanza era una mentira, quizás peor que la de la fe.

-¡Ja, ja, ja! No te preocupes, no hay mucho que decir acerca de la esperanza. Además, no vengo a dar sermones, vengo a conversar, ya sabes, no importa el tema.

-Mmm… conversar, supongo que puedo elegir el tema ¿Cierto?

-Claro, puede ser de lo que gustes.

-¿Y cuál es el truco? Siempre hay uno.

-El truco es… habla de lo que gustes. Quiero que te sientas calmada. Como dije, el tema de la esperanza es fácil, así que podemos darnos el lujo de charlar sin sentido.

– Bien, ¿Ah? ¿Qué tema elegiré? Mmm… ¡Ropa! ¡Sí! Eso es charla sin grandes reflexiones, que me hagan pensar que desperdicié mi vida ja, ja, ja. -Rió Clarissa en tono sarcástico, aunque dentro de ella, eso sentía.

-¡Cuéntame, dime!

-Bueno, ahmm… Recuerdo mucho un vestido largo de color negro, era liso, con gran escote en la espalda, y sí, llegaba justo al final… ja, ja, ja. Me lo regaló mi esposo cuando nos casamos, era para la luna de miel en Europa. ¿Sabes? Él no se merecía que no lo amara, realmente hizo todo correcto, era perfecto, pero no me enamoré. Lo intenté, lo juro. Sólo no pude.

-Estamos hablando del vestido, no lo olvides. -Dijo el ángel sonriendo.

-¡Cierto! Lo siento. En fin, era hermoso, la tela era tan suave que al deslizarlo sobre la piel, podía sentir como era poseída por el erotismo. La sensualidad me invadía y lo único que me quedaba era sucumbir. Me dio grandes noches de placer, pero ninguna de amor. -Una lágrima más cayó de sus ojos. -Siempre me gustó mucho la ropa elegante, me hacía sentir fuerte, intimidante, dueña de mí. La hacía lucir, no ella a mí. No, yo era la que le daba el porte a la tela, jamás fue de otro modo. ¿Sigues ahí?

-Aquí estoy. ¿Qué pasa?

-Nada, es que no puedo verte y no quería hablar sola. En fin, te decía, siempre me gustó usar ese tipo de ropa. No siempre las tuve, de hecho no las tuve hasta que me casé. Cuándo era niña, mi madre apenas y podía sostenernos, no fue fácil. Tuvimos que trabajar, horas y horas, para comer, sólo para comer. En esa época no cabía la posibilidad de pensar en vestidos largos. Odié cada minuto de mi infancia. Me hizo fuerte, y sí, tomé las peores decisiones de la baraja de opciones que había, fui por lo fácil. Pero no fue por cobarde o porque fuera débil, sencillamente me fastidié de todo y creía que el universo me lo debía. ¿Sigues ahí?

-Claro, no importa que no me veas, aquí estoy.

-Algo me dice que ahí estas, pero, no sé sí es real. ¿Cómo podría confiar? ¡Oh! ¿Acaso es con fe? ¡Espera! Creo que ahora entiendo, no se trata de creer ciegamente, nunca es a ciegas en realidad, siempre hay algo que te lo dice, como ahora, algo me lo decía, y no le creía. Debo creer lo que me dice esa cosa, voz o espíritu, ¿Cierto? Debo escuchar, no hay engaño, nunca lo hubo, pero no escuchaba. Y… si escucho, puedo ser guiada y así… tomar los caminos correctos… ¡Por eso hay que hacerlo con fe! Ja, ja, ja ¡Ya entendí!

-¡Ja, ja, ja! ¡Así es!

-¡Wou! Qué diferente habría sido todo. Ya no puedo hacer nada, habría sido lindo.

-Sígueme contando de cuando eras niña, por favor. ¿Qué te gustaba hacer?

-¡Sí! cierto. Me gustaba correr con los pies desnudos en el pasto mojado del jardín, sentía como la hierba se metía entre los dedos y hacía cosquillas, luego tomaba carrera y me dejaba caer de panza sobre las flores que crecían por la lluvia. Mamá no se molestaba por eso, pero no podía tocar sus rosas blancas, que ahí si hubiera tenido grandes problemas. Era la manera en la que mamá me decía; “Te amo”. Ya sabes, dejarme jugar y terminar llena de barro y luego lavar la ropa, sin importar lo fatigada que estuviera. Así me lo decía. Me obligó a trabajar y ganarme la comida con el desgaste de las manos, y debo aceptar que hasta una simple taza de café sabia a gloria, en cambio, los últimos años de mi vida me sabía a cenizas, y nada más. Yo la amaba demasiado, nunca se lo dije, creo que era parte de mi actitud de “estrella”. Fui demasiado estúpida con ella, hasta que murió. Me arrepentí de haber sido como fui, así que no derramé ni una lágrima, no merecía ni eso. Hubiera sido una hipócrita. Ya era tarde para mí, mi vida ya había sido empeñada y ya no me pertenecía. Pero tuve hijos y me juré que no serían como su madre o como su padre, serían como su abuela, que no pudo conocerlos. Así que les enseñé las cosas que de verdad eran valiosas, como correr con los pies desnudos en el jardín, o llenarse la cara de fango, o crear una historia con un lápiz y una hoja vieja, incluso a atrapar ranas del estanque. Les mostré el sabor de un trozo de pan y de un café, comprado con el desgaste de las manos. Como lo hizo mi madre. Les enseñé lo que yo aprendí. Les irá bien, tendrán una vida perfecta, pero a diferencia de mí, ellos la construirán, y por eso la merecerán.

-¿Cómo lo sabes? -Preguntó el ángel, más que interesado por saber. -Podrían tomar cualquier camino.

-Tengo esperanza…

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