Verónica.

Las gotas de lluvia eran enormes, llevaba horas que el cielo se caía sobre las calles de la ciudad. La gente corría asustada, como si fueran a ahogarse. Todos excepto Verónica, a ella le gustaba que lloviera, salía de dónde estuviera para dejar que el agua helada le mojara de pies a cabeza. Cada gota de lluvia, le despertaba una sensación diferente y de intensidad mayor cada vez. Comenzaba con un leve escalofrío, que le recorría el cuerpo entero. La electricidad le hacía sacudirse y las piernas le temblaban.

Para las personas, ella siempre fue extraña, incluso le miraban con recelo. A Verónica, nunca le importó. Ella era salvaje y libre, pura como la tempestad, y por supuesto, difícil de contener.

Estando bajo la lluvia, su cuerpo reaccionaba de forma dulce y sensual. El frío de las gotas le provocaba los deseos que yacían en lo profundo de su ser. Sus pechos se inflamaban y sus labios le exigían ser besados.

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Ella era atractiva, sus ojos eran del color de la esmeralda y su cabello más negro que la eternidad. Sin embargo, lo que la hacía irresistible era su espíritu aventurero, ese que la llevaba a experimentar lo que sólo la imaginación de media noche se atreve a pensar.

Ethan, era un hombre común, sin nada especial, de mirada penetrante y decisión en su voz. Ambos se conocían de tiempo atrás, ambos se deseaban, y después de tanto tiempo de cruzar miradas llegaría el tiempo en que sus cuerpos chocarían.

Verónica, que aguardaba de pie bajo la lluvia, cerró sus ojos para enfocarse en lo que su cuerpo le pedía, un poco de placer, un tanto de seducción, unas manos que la desnuden y besos que la guíen dentro de su sexualidad. Ella, padecía de ansiedad por explorar roces delicados, toques en los sitios indicados, y mucha humedad.

¿Por qué no hacer una locura? ¿Por qué no dejarse tomar con delicadeza? Si eso es lo que la piel le reclama. Ethan siente algo más que deseo, su corazón se quiere entregar. Ella, aún no lo sabemos, teme perder su libertad. Se han encontrado bajo la tormenta. Ella, escucha a su cuerpo que le pide sensualidad, parece que él al fin tendrá una oportunidad. ¿Será buena idea dejarse llevar? ¿Qué más da? Al final, el alma vive de emociones, y el cuerpo de sensaciones. Quizás un beso en el vientre y más allá, sea lo ideal.

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Estando bajo la lluvia, se dan la mano. Sólo para alejarse de la tempestad. Caminan lento, es delicioso esperar, la necesidad aumenta, el deseo se incrementa y ahora es tiempo de amar. Las puertas se cierran y se hunden en la oscuridad. El cuarto es amplio, un sofá y una cama aguardan a ser invadidos por aquellos poseídos, que sufren de soledad.

Ya no pueden esperar, ya no más. Los besos nacen uniendo los labios, para luego los de él recorrer el cuello de ella, sus manos la toman de la cadera y la acercan a él. Los senos de Verónica no pueden resistirse y terminan por reaccionar, ahora le piden más. Ella susurra al oído, que no debe parar. La ropa le estorba, hay que arrojarla, la piel hay que liberar.

Sobre el sofá se derrumban, desnudos y en plena batalla de pasiones. Las caderas que se unen no dejan de vibrar. La lengua que se desliza por todos los rincones los obliga a explotar. Que gloriosa experiencia la del cuerpo provocar, sucumbir ante el deseo y dejarlo gobernar. Con las manos que expresan lo prohibido sostienen la verdad, no hay mejor castigo que ser esclavo de tu sexualidad.

Las posiciones eran variadas, cada una con una intención, estar más cerca o ser vulnerable, todo hay que probar. Ella, gobernaba a su antojo, incluso cuando se dejaba dominar. ÉL, que seguía las órdenes que la piel de Verónica le daba, se sentía atrapado pero no quería escapar. La humedad era extensa, mucho más que la lluvia que antes caía sin piedad.

Hay copas de vino que vacías caen ya. ¿Una copa más? ¿Y con qué la has de llenar? Con besos que nacen del vientre y hasta las piernas llegarán. Se toman con fuerza, la delicadeza se ha esfumado ya. Es hora de abusar de la carnalidad. Piel con piel, orgasmos y placer. Hay que entrar y nunca parar. Se tocan y se provocan, hacen lo que nadie haría jamás, disfrutan que para eso es la piel y aquí están ya, no hay nada que hacer, lo que se empezó debe terminar.

Sienten juntos, pues ese fue el pacto, que hay que estar unidos en el acto. Cada beso en cada rincón ha dejado una marca en el corazón, ¿Se quedarán juntos en la eternidad? Eso sólo ella lo decidirá, su libertad es más importante que la caricia de un amante. Y si esta noche la tormenta le ha traído un acompañante, quizás sólo hay que esperar que la próxima tempestad, le traiga una sorpresa excitante.

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