MI DULCE INVIERNO. (PARTE 1)

El invierno siempre ha sido crudo y frío, hace que las ramillas de los árboles se congelen en pequeños cristales quebradizos. Las calles se hacen blancas y esponjosas, y el fuego de la chimenea se vuelve nuestro mejor amigo. Para mí, no era más que la época triste y nostálgica del año, por nada en especial, no es que haya sufrido algún evento doloroso. Es sólo que el cielo se torna gris, el verde de la hierba muere y permanece en un amarillo que arde, y toda la gente parece tener una urgencia por sentirse amada, una necesidad de recibir abrazos y besos se contagia cómo epidemia. Los “perdones” entre familias y amigos se piden y se dan a diestra y siniestra, en tantas cantidades y a quien sea, que nadie en su sano juicio puede creer que sean sinceros. No me mal entiendan, no soy un alma amarga. Es… es… bueno, nunca he tenido un dulce invierno, mejor dicho, nunca había tenido un dulce invierno.

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Fue hace 20 años, yo era un chico normal, de una escuela normal, de un pueblo pequeño y quizás normal. Bueno, no estoy tan seguro de lo último, la gente de pequeños pueblos siempre tiene costumbres raras, y todos se conocen entre sí, lo que impide que existan secretos.

Mi historia parece haber salido de una novela romántica, o incluso de un cuento de hadas. Yo no soy un príncipe ni ella una princesa, pero el amor no era de este mundo, era tan especial, tanto que sólo podría haber salido de una fantasía de un ser enamorado.

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El invierno llegó con una tormenta de nieve, era terrible, logró que se diera una alarma preventiva. Las personas no podían salir después del anochecer, por seguridad, por supuesto. Si alguien sufría un accidente, o si se quedaban varados en algún lugar, sería imposible ir en su búsqueda. Yo, siendo un joven arrogante, sentí que era el reto perfecto para cambiar mi perspectiva del invierno. Así es, mi antipatía por los “perdones” y las calles esponjadas de blanco, me llevó a cometer el acto más estúpidamente afortunado que jamás pudiera haber hecho.

Esperé a que se hiciera casi media noche, debía hacerlo. Mis padres eran amantes de todas las “muestras” de alegría navideña. Les encantaba adornar cada rincón de la casa, coronas en las puertas, el típico árbol de navidad, regalos por todas partes y medias sobre la chimenea. Todo un ambiente pre-fabricado reinaba en el lugar. De niño, sí, de niño lo disfruté y lo amé, luego crecí y me di cuenta que el “amor navideño” tiene caducidad. Patrañas nada más. Es por eso, que escapar durante la tormenta parecía el mejor plan de toda mi existencia. Sería mi propia navidad, con mi propio significado.

Después de tanto esperar, las luces se apagaron, era la señal. Me escurrí por las escaleras, desde mi habitación hasta la puerta trasera de la casa. Lentamente giré la perilla de la puerta y salí, así como lo haría un persona que huye del delito que cometió. Cerré la puerta con un tiento superior al de un cirujano. Cuando escuche el “click” de la puerta cerrándose, me sentí tan poderoso tal cual Zeus. Salí corriendo con toda la potencia que mis piernas podían darme y nunca nunca mire atrás. Sentía que si lo hacía, mis padres estarían tras de mí, siguiéndome furiosos.

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Todo iba perfecto, salvo por un pequeño detalle. ¿A dónde debía ir? Pensé en escapar entre la tormenta y ser un explorador super poderoso. Pero, mi ingenuidad me venció, no existía una segunda parte del plan, me concentré tanto en la salida, que jamás pensé en un destino. ¿Y ahora? No me daría media vuelta y regresaría a la puerta de mi casa. Debía pensar en algo y rápido, el frío era demasiado y justo hasta este instante era que comenzaba a entender la gravedad del peligro. Mi cabeza me gritaba << ¡Eres un estúpido! >> Sin embargo, ya no podía volver, todo o nada, y aunque mi cabeza tenía razón, mi arrogancia seguía venciendo en el poder de convencimiento.

<< ¿Qué más da? Ya estoy afuera, quizás si voy a la cabaña de mi padre en el bosque, pueda demostrar que vencí la tormenta >> Me dije. Y sí, tienen razón, incluso la frase es estúpida. En fin, comencé a caminar entre los árboles, me alejé de la carretera, porque no quería que me viera nadie y se detuviera a ayudarme, ¡No! Yo no necesitaba ayuda, no señor… Así de imbécil era.

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Cada paso que daba en la nieve, era más agotador que el anterior. Debido a la fuerte nevada, el nivel había subido y mis pies se hundían con mayor profundidad. La nieve me llegaba por encima de la rodilla, era imposible seguir avanzando, la cara me dolía, el frío me quemaba las mejillas y ya no sentía la nariz. Comencé a entender lo mucho que me había equivocado, lo más probable es que muriera congelado. Según y de acuerdo a mi mente de joven idiota, traje abrigos para el frío, que por supuesto no eran suficientes.

La cabaña, que no estaba lejos, era inalcanzable debido a lo imposible de andar en la nieve. De repente, llegué al punto en que la emoción por cambiar mi invierno, se volvió terror porque podría ser el último. Aunque ni siquiera el temor por morir me dio la fuerza para continuar mi camino. Todo estaba perdido, la suerte estaba echada y sin duda no vería un invierno más. O eso creía.

Traté de sonreír, pero mi rostro estaba congelado. Moriría con cara de espanto, y eso me enojaba bastante, ni siquiera se me concedió dejar este mundo con una sonrisa burlona, que denotaba mi actitud rebelde. Que muerte tan más insípida, la gente pensará que morí por idiota, que bueno, para ser justos, sí fue la idiotez lo que me trajo aquí, pero la gente no debía saberlo. Yo tenía que dejar este mundo como un explorador rebelde domador de tormentas, y pues no. No se me concedió.

Cerré los ojos y me deje vencer por el sueño, que en realidad no era sueño, era agotamiento por hipotermia.

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Debía estar muerto, pero una tonada me despertó, eran como arpas, << ¡Demonios! estoy muerto, son los ángeles tocando las arpas >> Estoy seguro que en este punto se deben estar riendo de mí, ¡¿Arpas?! Sí, arpas… así de inmaduro era. << ¿Estas bien? >> Alguien me preguntó. Mis ojos estaban muy pesados, por lo que no podía abrirlos. Traté de responder pero no pude. Comencé a sentir que alguien tocaba mi frente, unas manos, cálidas. Podía sentir que estaban envueltas en piel suave. Mi pecho latía, como cuando te enamoras, pero no estaba enamorado, ni siquiera sabía quien tocaba mi frente. Sólo que, ¿Cómo decirlo? Podía sentir tanta gentileza, tanto cariño, tanto amor de esas manos, que mi pecho comenzó a entregarse. Así, sin siquiera haber visto su rostro.

Ella me acariciaba el cabello, me decía que no me preocupara, todo estaría bien. La música que escuché antes, venía de una radio. Al parecer estábamos dentro de un auto. No me podía mover para nada, tampoco sentía mi cuerpo, al menos nada debajo de mi cintura. Las manos, aunque podía sentir la textura de los asientos rozándome, no podía cerrarlas o abrirlas.

<< ¿Por qué saliste en la tormenta? Yo lo he hecho porque mi vida es horrible, hay demasiado dolor, mi padre ha muerto y mi madre no escucha lo que tengo que decir. Se ha olvidado que tiene una hija. Y bueno, he salido porque necesitaba olvidarme de todo y mira, quedé atrapada en medio de una tormenta acariciando el cabello de un chico lindo, que quizás no sobreviva, es triste ¿No? Encariñarse de alguien que no conoces y que tal vez nunca lo hagas. >>

Decía ella, mientras peinaba mi cabello.

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