MI DULCE INVIERNO (PARTE FINAL)

¿Ustedes que hubieran hecho? Hablo de estar en los brazos de una mujer que jamás has visto y que sabes que amas. No conocía su mirada, ni sus labios, ni tampoco sus cabellos hondearse con el viento. Lo único que sabía era que sentía tanto dolor y tanta nostalgia. Y amor, aunque no hablaba de amor, pero podía sentirlo cuando acariciaba mis cabellos. Sabía que su alma era pura y blanca, sabía que valía cualquier riesgo, sabía que si el destino me puso aquí, en sus brazos, por el módico precio de casi morir, era porque ella lo era todo. Era todo.

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En ese momento sólo deseaba abrir mis ojos, besar sus labios, tomar sus manos y nunca nunca dejar de hacerlo. Por increíble que parezca, no me preocupa si era bella o no, deseaba verla por el misterio que la envolvía, ¿Quién eres? ¿Qué se necesita para que me ames tanto como te amo yo? Así es, lo sé, no te conozco, no me conoces, pero te amo.

Su voz dulce y tierna se quebraba entre suspiros, la historia que revivía una y otra vez le marchitaba el alma. Yo sólo quería abrazarla y confortarla, decirle que todo estaría bien, aunque eso no lo sabía, pero haría lo necesario para que sucediera.

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¿Pero, por qué? ¿Por qué hacerlo? ¿Debería arriesgarme? Creo que sí, estoy seguro que el destino tejió algo de esto, movió hilos para conocernos, apostó por nosotros. La vida, de alguna manera nos tiene preparados un plan y no veo razones para declinar la oportunidad. ¡Lo haré! ¡Ya lo decidí! ¡Despertaré!

Y de verdad quería hacerlo y de verdad lo intenté. Pero, sin importar nada, no lo logré. Mis ojos no se abrieron y no la vi. Fue tan doloroso, me hice polvo. Lo peor de estar muerto era que podía escucharla, y al mismo tiempo no podía hacer nada. Impotencia, frustración.

Era curioso, no me dolía morir, no me dolía no volver a ver a mi familia. Me dolía no verla, no develar el misterio, no quitar la venda. Me quemaba enamorarme de una sombra que era perfecta, dulce y tierna y poderosa. Me dolía saber que el amor existe y que no era para mi. Así que sin más y después de tanto luchar y protestar contra este destino que me mostró la perfección, que me enseñó el amor, que me tentó con la dulce pero falsa promesa de la felicidad. Después de eso, me rendí. Me dejé sumergir en la oscuridad, cerré los ojos del espíritu y me solté de la barandilla del barco de la vida, caí en el océano del eterno abismo… morí.

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Al menos eso creí, desperté en una cama de sábanas blancas, en un hospital. Y a un lado de la cama, había una silla, y en ella una joven mujer, hermosa, sonriente, con los ojos lastimados de tanto llorar. << ¿Quién eres? >> Pregunté. << Me salvaste la vida, no podía dejarte ahí, debía ver el color de tus ojos y me aferré a ti y por eso, me salvaste la vida, no podía morir sin ver el color de tus ojos. >> Respondió.

Era ella, era su voz… Nos salvamos… nos protegimos y nos amamos… y todo lo hicimos sin habernos visto…

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