POSESIÓN

Al mirarla sucedían varias cosas, la piel se erizaba, los labios se humedecían y la ropa estorbaba. Sus ojos eran enormes y expresivos, su piel era suave y tersa, como los pétalos de una rosa. Sus manos sabían desnudar el cuerpo y el alma, sus piernas torneadas no sufrían de delgadez y sus caderas gozaban de una cadencia incomparable. Recuerdo el nerviosismo que me causaba mirarla beber de la copa de vino, sus labios rojos parecían hincharse y hacerse más grandes, listos para devorar los míos sin compasión, pero sí con dulzura.

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Ella vestía con vestidos largos, ceñidos a su cintura y que denotaban a la perfección su hermoso cuerpo debajo de ellos. Aunque no lo hacía siempre, sólo en las ocasiones en que deseaba que yo la desprendiera de ellos. Le fascinaba que arrancara las correas de los vestidos tan lento y preciso. Me pedía que usara únicamente mi boca.

Lo hermoso de estar con ella es que no necesitaba pretender nada, ni interpretar ser alguien más. Era yo y era ella, en todo nuestro esplendor, con nuestra desnudez, con nuestra imperfección. Sus movimientos me poseían y derribaban toda mi guardia, me convertía yo, en un prisionero de sus caderas y su balanceo asesino.

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Me convertí en su esclavo por deseo y necesidad propia, me seducía, me atrapaba entre cadenas de piel y mordiscos.

De entre toda su baraja sexual, lo que más me enloquecía no era el contacto, pero sí su seguridad. La fuerza con la que caminaba, la lentitud con que se desnudaba, la manera con la que entrelazaba sus labios a los míos. Sus manos resbalando por mi cuerpo y sus ojos devorando todas y cada una de las escenas que se proyectaban sobre la cama.

Me poseía y yo me resistía con la única intención de agravar sus acciones sobre mí. Podía cerrar los ojos y volverme su presa, podía besar cada rincón de su piel y nunca era suficiente, podía beber de ella y nunca saciar mi sed. Cuantas veces pude me sumergí entre sus piernas, lo hacía con la delicadeza de mis besos, con la fuerza de mi lengua y con la devoción de mi ser. Y no fue suficiente.

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Nos unimos por el amor que nos creamos el uno para el otro, amarnos fue una decisión. Desearnos una necesidad y complacernos un privilegio. Su aroma era el de las fresas y perfumaba toda la habitación. Cuando su piel se quedaba sin la tela de su ropa, las sábanas la envolvían en color blanco, el color de la seducción. La urgencia por ser uno solo superaba la peor de las hambrunas, mi cuerpo suplicaba por el de ella y el de ella por el mío. Pero, ¿Por qué sucumbir al primer deseo? Era mejor librar una batalla de seducción, sexualidad y amor, sólo para que al final de todo, los dos nos uniéramos sin control. Con ella, no era necesario caer en perversiones, ella era suficiente en todos los sentidos. Su cuerpo, el mío y nuestro amor daban suficientes mundos que explorar sobre la piel caliente que nos envolvía.

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