Sombras a media luz.

Afuera gobernaba la noche, la luna llena era la única luz que existía. Todo permanecía en calma. Los árboles se mecían con la danza que provocaba el viento. Adentro, sólo unas velas iluminaban la habitación.

En la habitación, ella caminaba alrededor de la cama, eran pasos suaves que daban vida a su cintura. La ropa, dejaba pasar la luz de las llamas que consumían la cera. A través de la tela, la piel desnuda que la envolvía en silueta de mujer. La mujer que era libre y hermosa, algunas veces sonreía y otras lloraba. Mujer que enamoraba con su ser.

En cada paso se podía sentir su calor y mientras andaba alrededor, estiraba su mano y acariciaba la seda de una sábana, testigo de pasión. Sobre su vientre caía y libre se rendía a ser poseída por su propio amor.

Con manos suaves desvestía lo que su belleza cubría. Se despojaba de ataduras que las costumbres le imponían. No era de nadie y nunca lo sería. Podía amar si ella lo decidía. ¿Será necesario? ¿Quién sabría?

Ahora, ella se adueñaba de su propio aliento, lo perdía y lo recuperaba. Se lo ofrecía a Venus y Venus lo tomaba. Era hermosa y era hermoso.

Su boca que se quedaba sin voz, sus labios húmedos de pasión. Sus piernas se estremecían de calor. Era ella y su intimidad. No había bien y no había mal, sólo ella a media luz.

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